martes, 22 de diciembre de 2015

Atlas de geografía

    Soltar los tigres,
    correr desnuda,
    ver las plumas volar; gritar; estornudar…
    poder ver a través del espejo geografía en mi cuerpo.

Anhelo apretar las rosas con fuerza
trazar mapas con sus espinas
y mis líneas de los dedos.
Con la tinta roja de mis manos
delinear rutas en mis mejillas
que bajen por mi cuello,
que formen lagos en mis clavículas,
dónde quien quiera pueda bañarse,
nadar o ahogarse.

Que después por lluvia o por llanto
se desborden los lagos a tragos,
mientras las olas de sangre y espuma
escupen estragos y evaporan desgarros.
Y así las aguas rieguen mis montes,
mis depresiones, mis rutas secretas.
Y así la hierba vuelva a crecer
entre la espesa niebla.

Que las líneas de acuarela roja
sean esclavas de la gravedad.
Que, sumisas, se dejen caer,
y que a su paso establezcan
fronteras para los precavidos;
trincheras para los cobardes;
paraísos artificiales para los ilusos.

Que las gotas nunca se despeguen
de mis valles de piel,
para colonizarlo todo
con musgo y velcro,
con angustia y éxtasis.

Porque ansío crear el imperio más salvaje
sin arrancar cabelleras,
sin que rueden cabezas,
sin cortar ninguna lengua.
Lo ansío incompleto y caótico
desprevenido, improvisado.
Lo quiero así,
aunque esté repleto
de vacíos legales y existenciales.

Para crearlo
coseré precipicios desbocados,
untaré de sol mi piel de gallina,
lanzaré truenos entre sístole y diástole,
lloveré un mar entre mis piernas
donde plantaré una rosa como la que aprieto,
entre zarzas de algodón,
y mentiras de caramelo.

Ven, te enseñaré mi imperio,

sólo si entras dentro. 

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