martes, 22 de diciembre de 2015

Gravedad

La vida cae como un sueño que se resbala por mis piernas, una vida que es roja y líquida, natural e implacable, porque cae hacia abajo silenciosa y con  la fuerza de las corrientes de aire que tumban y descolocan todo lo que ordenadamente construimos. 
En horizontal soy yo la espectadora, y mis pestañas fotografían la vida que se les escapa a otros.
En vertical soy yo la presa y oprimida, y mis ojos solo pueden llorar al ver toda la vida que cae rozando mis rodillas. 

Y mis pies, como los tuyos, caminan  frágiles y engarrotados por el Imperio de la Gravedad: el miedo los encoge y paraliza, y, aunque sin rastro de sangre por fuera, los destroza por dentro.  Y una vez inmóviles los huesos, la sangre se vuelve blanca, y después, transparente, y al final, se evapora.  De todas maneras, así lo han dictado las leyes que flotan en el aire, que cuelgan en mis perchas y que visten mis vestidos de piel.  

Cae y está bien, es así, me gusta, pero todo lo mancha, y las manchas cuestan de irse. Y siento como todo sale de mí, para mojar y ensuciar las otras cosas. Es mío pero sale de mí, se aleja de mí. 
Y podría estar de pie, desnuda, durante cinco días sin moverme, con mis pies bañados de rosas líquidas. Sólo de ese modo observaría como cae la vida sin que nada se lo impida, con su olor intenso que permanecería en el recuerdo aunque la vida se secara y sólo dejara rastros de pintura roja seca. 

Y sería capaz de inundar la habitación de vida, aunque todo fuera un desastre, porque sé que me acabaría ahogando, pero no, no, porque es vida. 
Sin embargo me doy cuenta, que la vida nos mató desde el primer momento en que alguien nos consideró  como una nueva vida, aunque tuviéramos  los ojos cerrados.  El primer respiro de aire contaminado en hospitales blancos fue nuestra sentencia de muerte y vino con un grito; es  por eso que salía sangre por doquier. 

Menos mal que luego supimos como limpiarla de nuestros cuerpos, para pintar y embellecer lo que nos rodeaba,  y para que volviera a fluir de nuevo dulcemente algún día cuando tú (y yo) me despojaras de mi virginidad. El último respiro fue más silencioso y significó nuestra sentencia de vida. La muerte al fin vivió, porque la vida la mató. 
Esta es la historia real,  horrorosamente bella, catastróficamente ordenada. Y cómo aún, cómo todavía soy capaz de pensar que podría cerrar mis piernas muy fuerte, para encerrar la vida? Deja de ser mía si la dejo volar? O sólo será mía cuando aprenda que debe marchar para impregnarlo todo de pintura roja seca?


17-11- 2013 / 13-02-2014

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