martes, 22 de diciembre de 2015

La mosca y el hilo

Y al cerrar los ojos absorberemos la oscuridad, los llenaremos de noche.
La realidad se tornará surrealista, las atrocidades se convertirán en caricaturas,
y la verdad se postrará desnuda tras un velo opaco.

Cuando las pupilas se funden con la noche lo último que veo es una mosca en la pared.
La mosca en la pared arrastra un sueño, un hilo de color rojo que resalta en la pared blanca.
Tras él oigo el eco de un grito ahogado, siento el sabor de una lágrima amarga.
De repente, aunque no haya luz, sé que la escena cambia, pero no sé en qué lugar.
Es al gato a quien quiero perseguir pero es gris como mis zapatos y pierdo el equilibrio.
Es difícil correr de esa manera, una sombra me impide mover las piernas, actuar, recorrer, llegar.
Sin buscarlo me he adentrado de nuevo justo en el lugar ese tan oscuro, en el que nunca vi nada pero conozco tan bien. Me pregunto cómo he llegado allí, si estoy sola o tan sólo conmigo misma. Entre paso y paso destartalado se cuela ese zumbido intruso. La mosca sigue arrastrando el hilo, velando en mis pesadillas. El gato se ha perdido. Odio ese lugar, extrañamente familiar y vacío. Recuerdo que en mi infancia la luz nunca faltaba y todo era más dulce cogida de esa mano arrugada, cálida. Ahora las mías bailan solas, se les caen cosas, se les resbala el agua. Dónde era tan fácil pasear ahora es tan sencillo perderse.

Y he  llegado a esa casa que ya nunca es segura. La puerta siempre acaba abriéndose y entran los extraños. En silencio me trago mi frustración, invoco a la inercia. A contraluz distingo esos pantalones, esas nueces con barba. Otra vez el mismo sueño.  Mi corazón late expectante mientras la mosca se retuerce entre zumbidos y el hilo rojo cae al suelo. Toso, siento un sabor amargo y de mi boca sale una sangre que no sabe a la mía. Tengo que escupir y expulsarla, porque sé que esa sangre no es mía. La mosca busca su hilo rojo. El gato ha reaparecido y se ha sentado en mis zapatos grises. Escupo por última vez y al fin atrapo lo que sangraba en mi garganta. Abro mi mano y ahí se encuentra la mosca, sin ala y sin zumbidos. En el suelo la sangre ha confeccionado un vestido rojo, uno que nunca me pondré, pero conservaré un hilo.


Tras este incidente, mi miedo se ha evaporado, la extraña soy yo y no esas corbatas en punta. Ves, te dices, al final nunca pasa nada. Al final las sombras acarician las paredes de tu casa, pero nunca pasa nada. Que no hay más sombras que las que uno quiere ver, te dices.

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